Fragmentos de un difunto Pintor


La política, en cierto sentido, siempre ha sido una estafa. El votante, insistiendo en su creencia en un orden superior, se adhiere a su religión, que promete otra, mejor vida; y defiende apasionadamente la ilusión de que los hombres que él escoge para dirigirle son de una naturaleza más exquisita que la suya propia.

Ha sido tradicional que el político de éxito haga honor a esta ilusión. Particularmente si quiere ser Presidente. Que exista una diferencia entre el individuo y su imagen es naturaleza humana. Que la diferencia sea exagerada y explotada electrónicamente es la razón para este artículo.

La publicidad, en muchos aspectos, es una estafa también. La gente no necesita automóviles nuevos cada tres años; la televisión de plasma aporta poco enriquecimiento de la experiencia humana; un largo de vestido mayor o menor no repercute en la expansión del conocimiento, ni incrementa la capacidad de amar.

No sorprende, entonces, que políticos y publicistas se hayan descubierto unos a otros. Y, una vez que reconocieron que el ciudadano, más que votar a un candidato, hace como una compra psicológica de él, comenzaran a trabajar juntos.

No resulta asombroso entonces, que la publicidad haya supuesto una modificación de mismísimo concepto de verdad. En su clásica novela, Un Mundo Feliz, Aldous Huxley postuló la aplicación universal de una droga para la manipulación del pueblo que llamó Soma. ¿Quién hubiera sospechado que llegaría en forma de televisión?

La televisión, de hecho, ha otorgado un estatus a las “celebridades” que pocos hombres verdaderos alcanzan. Y qué es la “celebridad” sino el último seudo-acontecimiento humano, fabricado expresamente para satisfacer nuestras exageradas esperanzas de grandeza. Éste es el último éxito del siglo veinte y su persecución de la ilusión. Se ha hecho un molde nuevo, de forma que los modelos humanos vendibles – ‘héroes’ modernos, pudieran ser producidos en masa para satisfacer el mercado, y sin el más mínimo impedimento. Las características que ahora comúnmente convierten a un hombre o a una mujer en una marca ‘nacionalmente anunciada’ es, de hecho, una nueva categoría del vacío humano.

Hace medio siglo, en su libro La Imagen, Daniel Boorstin argumentó que la revolución gráfica en el periodismo había separado la fama de la grandeza que requiere un período de gestación en el cual se realizaron grandes hazañas. Esta ruptura aceleró la caída de la fama hacia mera notoriedad, que es muy plástica y muy perecedera.

Es sobradamente conocido por los profesionales de la comunicación que el éxito de cualquier artista de la TV depende de que adquiera un estilo natural y relajado en la presentación. Cuánto más esfuerzo realiza más tendrá que disimularlo. Su personalidad es lo que el espectador quiere compartir. La televisión demanda la agudeza apacible, la ironía, la sutileza. El estilo llega a ser sustancia. El medio es el masaje y el masajista recibe los votos.

A este medio llega la última cosecha de candidatos políticos: malhumorados, distantes e imperturbables. Podrían haber sobrevivido a la crítica de los intelectuales desplazados sólo con que hubieran sido capaces de encantar. Pero nadie los enseñó cómo. Son almibarados. Se adhieren a la lente de la cámara. No hay el lugar para ellos en nuestra, europea cultura.

Y aquí es donde hago mis predicciones para las elecciones de la Asamblea Constituyente. El MUD podría perder las elecciones porque todavía no saben cómo usar la televisión. Como en la campaña de Nixon y Clinton, se puede culpar a la televisión subsiguientemente de todas las causas de los errores. Ellos dirán que fue el maquillaje y la iluminación, pero sus problemas están mucho más arraigados que eso. Sus problemas son ellos mismos. No lo que hubieran dicho, sino los hombres y mujeres que son. La cámara los habrá representado claramente.

¿Qué deben hacer ambos grupos políticos dirigentes para convencer al electorado de la validez de su imagen populista? Presente ideales, cosas a las que la gente aspira, cosas con las que las personas necesitan identificarse (aunque si no viven por los ideales, deben hacer creer que sí lo hacen). El ganador de 2017 necesita reinventar cómo se pronuncian los discursos. Cortar en la mitad de una frase y saltar a algo del otro lado del mundo, que se soporte tangencialmente en lo que estamos diciendo. Necesita envolver a la audiencia en un calidoscopio de impresiones; esto es tridimensional. Esto, de hecho, puede ser la clave: envolver a la audiencia, atraerla, entrelazarla. La respuesta debe ser a la imagen, no al hombre. No es lo que se esconde, sino lo que se proyecta, y llevarlo un paso más allá, no es lo que él proyecta sino lo que el votante recibe. No es el hombre que ellos tienen que cambiar, sino más bien la impresión recibida. Y esta impresión a menudo depende más del medio y de su uso que de la impresión que el candidato causa por sí mismo.

La TV en color es mucho más tridimensional que la prensa escrita en blanco y negro. Una imagen en blanco y negro es de baja definición, y el espectador tiende a concentrarse en algunas de las cosas principales y deja que su mente llene el resto. En color, el ojo percibe los otros detalles. En blanco y negro, la mente tiene que rellenar el color, para traducir de la imagen en blanco y negro al mundo tal y como nuestro ojo lo percibe, es decir, a todo color. Recordamos el drama mejor en blanco y negro, aunque los colores realzan mucho más la figura humana.

Entonces, ¿qué significa todo esto en términos políticos prácticos? De alguna manera, hablamos al mismo tiempo a dos generaciones bastante diferentemente condicionadas: la visual, analógica, lineal generación más vieja, y la auditiva, digital, táctil, difusa generación más joven—miles de jóvenes seguidores de partidos que quieren que su representante sea presidente para tenerlo en la pantalla de TV y pasar los dedos por la imagen de su cabello. Los que están condicionados de forma auditivo-táctil son más emocionales, más tribales; para ellos, la información es una colección, un ensamblaje de impresiones fortuitas.

Todo esto es especialmente pertinente, quizá incluso a una generación más vieja, en un momento en el que la gente no está intensivamente concentrada en la política. La razón requiere un alto grado de disciplina, de concentración; la impresión es más fácil. La razón empuja al espectador hacia atrás, lo asalta, demanda que él esté de acuerdo o no; la impresión lo puede envolver, lo invita, sin hacer una demanda intelectual, o sin requerir su energía intelectual. Porque para la mayoría de la gente éste es el trabajo más difícil de todo. Pensar es duro; pensar profundamente es más duro aún; sentir es fácil, así que la mayoría optará por sentir si tiene la posibilidad de elegir. De hecho, cuando la mayoría de la gente dice “yo pienso”, estaría siendo mucho más precisa si dijera, “yo siento”. Hoy, la política es la televisión; aquellos que la usen bien, que son los que apelen a los sentimientos acumularán generalmente los votos.

Hoy el ambiente de la televisión nos hace retroceder a algo como el antiguo equilibrio tribal de los sentidos; esto es lo que los publicistas debían de querer decir cuando empezaron a hablar del mundo “transformándose en una aldea global.” El sentido del oído es una vez más dominante. La gente que obtiene su información auditivamente es más dependiente de lo que se le dice, y recibe el argumento con la dimensión extra de la inflexión—la cubierta emocional que la voz puede dar, pero la palabra impresa no.

Una cosa que todo esto significa es que, en televisión, los candidatos deben detenerse ocasionalmente, para buscar a tientas—implicar al espectador en la búsqueda de la palabra correcta o compartir con él el proceso participativo de ver la televisión.

La selección de un candidato tiene que ser un acto de fe (la racionalidad es claramente opcional). El impulso nivelador de la democracia es servido por la poderosa, aunque voluble, maquinaria de elevación de dicho régimen político a través de la publicidad. Los venezolanos no son una excepción. Quieren la realeza de su propio hacer y deshacer. Esto está incrementándose en la misma medida que el negocio del gobierno se vuelve aún más incomprensible para el votante medio. Esta fe no se logró por la razón; se ganó por carisma, por un sentir de la confianza que no puede ser discutida ni razonada. Las palabras son importantes, pero menos por lo que realmente dicen que por el sentido que transmiten, por la impresión que causan.

La mayoría de las “celebridades” políticas parece haber entendido que para ellos la vida es un constante juego de manos. ¿Por qué? Porque todo el mundo y más en nuestra cultura basura se apropia de conceptos profundos para fines superficiales. El mundo que hemos estado escudriñando está de algún modo más allá de lo bueno y malo. Es un mundo de sentimentalismo, de maquillajes, de gente que está dispuesta a derramar una lágrima momentos antes de una interrupción comercial, y entonces regresa con inspiradoras visiones de una vida en familia instantes antes de que acabe el programa.

Por consiguiente, la imagen de la televisión de hoy ha llegado a ser tan real para el ama de casa como de su esposo, la verdad se ha retorcido en una diversión maleable, un ideal que se administra en dosis frustrantemente más pequeñas, un bien intercambiable de la vida real y la ficción en el que el telón antes que después caerá con estruendo. Daniel Estulin.

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