Tiempos Interesantes. Por Daniel Estulin


Una sociedad democrática depende del debate, de la discusión libre, del consentimiento común, de la sumersión de diferencias individuales en el bien común. Toleramos cosas que no aceptamos enteramente porque las reconocemos como las más parecidas a lo que queremos. Esta es la única manera, sin llegar a la tiranía, en la que puede haber la estabilidad.

La libertad humana consiste en nuestra habilidad de ver el mundo de forma diferente. Las ideas tienen el poder. Los ideales tienen una visión. Si reconocemos las cosas en las que nos posicionamos en su contra, descubrimos aquellas de las que estamos a favor. Que pensemos en la forma de lo que hacemos. La democracia puede haber traído la libertad, pero vino con un precio: el mundo del que formamos parte es más convencional, menos solidario, más sensacionalista y más rencoroso. Todo el empuje del pensamiento moderno se ha orientado hacia reducir la esfera de la responsabilidad moral del individuo. El comportamiento humano se ve cada vez más como el producto de fuerzas impersonales.

España ahora es un país donde, a causa del desplome generalizado de la educación y la degradación de la televisión y de la prensa, un inmenso número de personas creerán cualquier cosa, y un inmenso número de personas con poder se preparan para decirles algo, o creérselo ellos mismos.

Los españoles nunca han digerido del todo la televisión. La mística que debe crecer rancia crece más fuerte. Hacemos celebridades no sólo de los hombres que provocan los acontecimientos sino también de los que actúan dentro de la pantalla, los que cantan en playback viejas canciones para audiencias seleccionadas a dedo y de ésos actores en paro que venden baratijas, yogures y desodorantes durante las interrupciones comerciales de reposiciones de películas antiguas.

Así, cuando los programas llaman tanto la atención como Operación Triunfo y Ana Rosa Quintana deseamos saber las causas. Uno quizás sospeche que es el contenido en sí—una nueva idea revolucionaria, pero la razón quizás sea también la aceptabilidad social, o tal vez sólo la publicidad sin límites ni vergüenza. Cada uno de estos programas, con sus reclamos de justa generosidad, de imparcialidad, de diversión medida en share de audiencia no contiene argumentos nuevos y no presenta razones convincentes que justifiquen que esa gente (la audiencia del estudio, los participantes y toda esa gente sencilla que mira la televisión en casa) no debieran ser encerrados a perpetuidad.

Bajo cualquier criterio, “Operación Triunfo” es un logro impresionante, un prototipo cultural para el crédulo y el enfermo. Sus participantes tienen mejor aspecto que sus antecesores, son más embaucadores, más calculadores, más diabólicos, más astutos en la óptima manipulación de la masa—un triunfantemente extraño momento de distorsionismo pueril de la “celebridad” de televisión. La votación semanal—el suspense, la emoción de la victoria y la angustia de la derrota, con su toma de primeros planos, repeticiones lentas de movimiento de caras abyectamente atolondradas, huele a melodrama.

La televisión, de hecho, ha otorgado un estatus a la “celebridad” que pocos hombres verdaderos alcanzan. Y qué es la “celebridad” sino el último seudo-acontecimiento humano, fabricado expresamente para satisfacer nuestras exageradas esperanzas de grandeza. Éste es el último éxito del siglo veinte uno y su persecución de la ilusión. Se ha hecho un molde nuevo, de forma que los modelos humanos vendibles -‘héroes’ modernos-, pudieran ser producidos en masa para satisfacer el mercado, y sin el más mínimo impedimento. Las características que ahora comúnmente convierten a un hombre o a una mujer en una marca ‘nacionalmente anunciada’ es, de hecho, una nueva categoría del vacío humano.

El mundo que hemos estado escudriñando está de algún modo más allá del bien y del mal. Es un mundo de sentimentalismo, de maquillajes, de gente que está dispuesta a derramar una lágrima momentos antes de una interrupción comercial, y entonces regresa con inspiradoras visiones de una vida en familia hasta el fin del espectáculo.

Puedo sólo concluir que el éxito de Operación Triunfo en ganar la atención debe de reflejar el deprimente temperamento de nuestro tiempo—un momento histórico de falta de generosidad de pensamientos sin precedentes, cuando una disposición y la búsqueda del conocimiento pueden ser apoyados poderosamente por un argumento: que los beneficiarios (la audiencia televisiva) no pueden ser ayudados, debido a límites cognoscitivos innatos expresados como bajos niveles de CI.

Además, está Ana Rosa Quintana y sus acompañantes. Hay algunos que argumentan que cada programa es un pequeño juego de moralidad, con la audiencia que se mofa del canalla y respalda a los invitados buenos. Distintos invitados se sinceran ante las cámaras, ante el regocijo del público. El programa insiste tanto—el tono, un atavismo al modelo probado del tiempo del pasado, que es casi siempre conspirador. Los bobalicones y los estebanes son más farisaicos, más vehementes y más paranoicos. En vez de decir cosas indefensibles y confiar en que el espectador los amará de todos modos, explican sus dificultades y defienden su caso, que es una cosa muy poco razonable para hacer con una audiencia abyectamente estúpida. Yo encuentro perturbador ver a gente que se permite a sí misma ser usada como pañuelos de papel, pero todo el mundo en nuestra cultura basura se apropia de conceptos profundos para fines superficiales. El triunfalismo inicial cede paso a regañadientes al derrotismo—es la España de hoy, vista a través de los prismáticos de una moral americana intrusamente globalizada, terapeutizada y cocacolizada.

Atacar el entretenimiento de una cultura terapéutica es una manera de atacar sus valores: publicidad sobre logro, revelación sobre restricción, honestidad sobre decencia, victimismo sobre responsabilidad personal, confrontación sobre cortesía, psicología sobre moralidad. Según una bien informada fuente de TVE, cuanto más intelectuales se hacen los programas, más bostezan los espectadores y se van. ¿Y por qué deberíamos sorprendernos? En esta sociedad, la vergüenza es fama y el pecado es un instrumento de movilidad ascendente. Y la movilidad ascendente es el estilo americano, perdón, quiero decir, español.

En el diccionario de inglés de Webster, la fama se define como “el frenesí del renombre.” El frenético, aquel que es intoxicado por el significado sintético, es cómplice en esta farsa. Hace cuarenta años, en su libro “La Imagen”, (“The Image”) Daniel Boorstin argumentó que la revolución gráfica en el periodismo había escindido la fama y la grandeza que había sido necesaria en un período de gestación en el cual se realizaron obras magníficas. Esta división aceleró la caída de la fama en mera notoriedad, que es muy plástica y muy perecedera.

La doctrina del triunfalismo de “la celebridad” es inherentemente inclusiva; procede de la suposición que todos ya aman al rico y al seudofamoso. La mayoría de las seudocelebridades parecen haber entendido que su vida es un constante juego de manos. Hay una incurable precariedad en su postura de tratar de vivir de las rentas con una dignidad derivada de un concepto anacrónico mientras cultivan la realeza de una época democrática—la celebridad.

Esa suposición es lo que hace el circo de “la celebridad” tan escalofriante. Los seudofamosos saben que ellos deben sus carreras a la industria de la celebridad, saben que su sensibilidad sensacionalista está adaptada a una cultura sensacionalista, saben que la empresa entera se construye en la mala fe. Aun así, el share de audiencia continúa subiendo... .

Los españoles siempre han tenido un carácter voyerista. La nuestra siempre ha sido una cultura de mirones. Cuando el circo venía al pueblo, se iba ver la mujer barbuda y al hombre albino. Pero ahora se quiere ser parte del circo—la mujer barbuda y el hombre de albino todo en uno. Y puede que sea justamente lo adecuadamente necesario en el momento actual, en el que el tamborileo sórdido de la cultura sensacionalista ha conducido a una temblorosa embestida de enanos con barba y progenitores de dos metros de altura, y garantiza enternecer al discapacitado mental (la razón es claramente opcional). Lo anormal es normal, y la desviación volverá inmediatamente después de la publicidad.

Perturbador como encuentro el anacronismo de los espectáculos de variedades, me siento aún más apenado por su penetrante falsedad. Los presentadores y los invitados parece que omiten los hechos, maltratan las palabras y no parecen dispuestos a admitir las consecuencias de sus propias acciones. Yo nunca he visto nada más casi grotescamente insuficiente en cuanto a confesión.

La confesión comenzó en una pequeña caja oscura, con una pantalla separando sacerdote y penitente. Todavía se realiza en una pequeña caja oscura, y hay todavía una pantalla, pero ésta está en el salón de todo el mundo. En el nuevo medio de confesión, la gente viola su propia intimidad, derramando sus intestinos no para la absolución sino para la sindicación.

De hecho, vivimos en un mundo en el que la ostentación pasa por distinción, y la columna de sociedad ha llegado a ser el listado de la fama.

André Malraux creyó que el tercer milenio debe ser la edad de la religión. Yo diría más bien que debe de ser la edad en que abandonamos finalmente nuestra necesidad de religión. Pero dejar de creer en nuestros dioses no es lo mismo que comenzar a no creer en nada. Para creer, debemos tomar la riqueza de un hombre, su densidad existencial, inmortalidad, eternidad y no el mileniarismo sectario, simplista y visceral. De todos los idiomas, el único eterno es el del pensamiento. La memoria salva a la gente del olvido. El peligro inherente, sin embargo, es que falta el requisito previo: la curiosidad derivada del respeto a las culturas profundamente extranjeras.

Me gustaría finalizar este artículo con una interesante frase de Jérome Clément, con un comentario adicional de Sergi Pámies de El País: “Estos programas son una provocación en el sentido más perverso. Son una absoluta mentira. Pretenden mostrarnos la vida. No obstante, no hay viejos, ni minusválidos, únicamente jóvenes que buscan notoriedad y dinero.” A lo que Pámies añade: me temo que la vida real aspira cada vez más a prescindir de los viejos y de los minusválidos y a dejarse hipnotizar por el espejismo de la notoriedad y del dinero fácil. Al final, pues, la mentira se convierte en hecho y, por consiguiente, en realidad.

Eso no es la lección principal de lo que acontece en la España de hoy, aunque es una lección crucial. El debate público en nuestro país está, cada vez más, en manos del mentalmente retardado.

Que vivas tiempos interesantes.

Daniel Estulin.


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